

ALMERÍA - WASHINGTON
Torcuato Zamora ha tenido suerte con la guitarra. "Me ha abierto las puertas allí donde he ido", dice, sonriente, mientras toma un café en una terraza de la ciudad. Está pasando unas semanas en Almería, a donde viene hasta tres veces al año para ver y ayudar a su hermano, Antonio, que vive en el cortijo familiar de Doña María.

Torcuato Zamora, tocando una de sus ‘Gerundinas’ en la Rambla, junto a su alumna Tuong Vu, vietnamita, que lo acompañó recientemente en su viaje a la ciudad.
Torcuato es un hombre calmado, de voz grave, que sonríe con facilidad. Vive fuera de España desde los años 50, pero no ha dejado de ser un almeriense de pura cepa que siempre lleva su tierra por delante. "Mi casa, en Maryland, es la típica americana por fuera, pero cuando entras lo primero que ves es una bandera andaluza, una española y una republicana", y vuelve a sonreír.
Cuando cuenta su vida, sin embargo, a veces su rostro se pone serio. Nacido en 1935, el penúltimo de ocho hermanos, su niñez y juventud estuvo marcada por la Guerra Civil y la posguerra. Vivían en un cortijo junto a la estación de Doña María. Su padre, maquinista, era republicano, y, aunque no tomó parte en la contienda, en 1940 se lo llevaron y lo condenaron a tres penas de muerte. "Gente envidiosa, las cosas de las guerras...", y deja la frase en el aire.

Torcuato Zamora tiene unas siete
guitarras de Gerundino,
La familia quedó en una situación precaria, y la madre se los llevó a Tarrassa, a casa de una tía que les dio cobijo en unas habitaciones. Allí empezaron a trabajar desde niños. "Fuimos la mano de obra gratuita del franquismo, ponlo así", dice. "Ni siquiera nos pagaban, estábamos desesperados. Estudié lo que pude y aprendí las cuatro reglas de milagro".
En 1950, el padre salió de la cárcel ("un juez le dijo: "Señor, yo no sé lo que hace usted aquí", ¡después de 8 años!") y los trajo, a él a la madre y la hermana mayor al cortijo. Pero él estuvo allí sólo seis meses, porque ya comenzaba a tirarle la guitarra.
Ya había empezado a aprender, en Tarrassa. "Mis hermanos tocaban de oído, y yo fui aprendiendo, pero luego fui a un maestro, Ramón Delgado, también almeriense, porque quería saber qué era la guitarra", recuerda. Un año después, los padres volvieron a Tarrassa. "Ya yo tocaba bien, y me contrataban aquí y allá".
Torcuato tenía la ilusión de salir al extranjero. "De alguna forma, yo sabía que mi vida estaba fuera", dice. "Pero Franco no dejaba salir". Conoció al señor Caillard, que era director de la televisión en Luxemburgo. "Estaba tocando y se sentaron a escucharme. Hicimos amistad. Cada año venían de vacaciones y yo me las ingeniaba para verlos. Un día me dijo: "En cuanto hagas el Servicio Militar y puedas salir del país, te llevamos a Luxemburgo y tu vida va a cambiar". Yo soñaba con eso".
Tras muchos avatares y sinsabores, Torcuato logró que le dieran el pasaporte, y se fue. "En Luxemburgo los Caillard me acogieron. Me metieron en la Comunidad Europea, me convertí en un profesor de guitarra, todo el mundo me saludaba, conocí a embajadores...", vuelve a sonreír. "El cambio en mi vida fue mayor que de rana a príncipe. Luxemburgo fue para mí un cuento de hadas. Estaba en la gloria".
"No tenía que haber abandonado Luxemburgo. Lo digo y todavía me vienen lágrimas a los ojos. Estaba bien, en el centro de Europa. En pocas horas se iba a París, a Viena... Pero, bueno, líos de faldas...".
Estaba dando mis clases de guitarra, "y me presentaron a una nueva alumna, la señorita Suzanne Gordon, en la embajada americana, una pelirroja peligrosa, guapa, que empezó a tocar muy bien, tenía tantas dotes artísticas, pintaba, hacía esculturas... que me quedé maravillado. Me enamoré". Suzanne lo convenció para irse a Estados Unidos. "Me dijo que allí la guitarra tenía mucha aceptación, que nos casaríamos...".
En 1962 se fueron en barco hasta Nueva York. Torcuato iba con la idea de ver aquello y, si no le gustaba, regresar. Fueron a Tejas, donde la familia de ella, para casarse, y luego comenzamos a buscar una ciudad donde vivir. A mí me gustó Carmel, pero al final le dije a Suzanne: "Nos volvemos a Luxemburgo".
Pero se fueron liando, y el dinero comenzó a irse, así que Torcuato fue al restaurante español "El bodegón", y empezó a trabajar como guitarrista. Luego llegó allí una bailarina, Emilia Rivas, "y, de pronto, Washington se convirtió en el centro del flamenco en Estados Unidos, por aquella época. Había mucho trabajo, alquilé un apartamento bonito, pasó el tiempo, tuvimos tres hijos...".
A Torcuato le ha ido bien en Estados Unidos. Ahora vive en Maryland, a tiro de piedra de Washington, y tiene una academia de guitarra y toca en tres compañías de baile. "No toqué flamenco hasta llegar allá", recuerda. "Al principio lo tocaba, pero clásico, no sabía los desplantes. Fui aprendiendo. Me compré discos de Sabica, de varios guitarristas, y aprendí mucho con Juan Serrano, que era muy amigo mío. Yo le enseñaba música, y él a mí, flamenco".
Le gusta la vida en Estados Unidos. " Al principio fue difícil, porque está el problema del idioma, pero hay trabajo y puedes conseguir tus sueños", dice. "La gente es sencilla, la vida es fácil, ordenada, no hay el caos de aquí. Por ejemplo, al conducir, esto es un caos. Allí, la ley es la ley". Y, sobre todo, allá hay mucho movimiento en el flamenco. "En enero y febrero, todas las compañías grandes se presentan allí. Hay una afición al flamenco increíble, se llenan todos los espectáculos ".

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