ALMERÍA - NUEVA YORK

El viaje de los hermanos Oyonarte

Texto escrito por Eduardo D. Vicente y publicado en el periódico

La Voz de Almería el día 10 de Febrero de 2010

La gran crisis que acompañó a la Primera Guerra Mundial hizo estragos en los pueblos almerienses que dependían de la exportación de uva. La emigración fue la única salida para muchos jóvenes que no se conformaron con quedarse sentados en sus tierras a esperar que llegaran tiempos mejores.

Hermanos Oyonarte García

Salvador Oyonarte García (de pie), junto a Cristóbal, su hermano menor

Los hermanos Oyonarte siguieron el camino de América cuando en su pueblo, Laujar, no encontraron ninguna oportunidad para salir adelante. El cinco de enero de 1921, salieron del Puerto de Almería en el Vapor Romeu, un barco frutero que además de barriles de uvas y cajas de naranjas, transportaba pasajeros hacia Nueva York.

Desde niño, el pequeño Luis sabía que no viviría de las rentas ni sería latifundista como lo había sido su abuelo, como lo era su padre. él estaba marcado por la obsesión que tenía su padre de que sus hijos fueran hombres de carrera, gente de letras, capaz de defenderse en el mundo con la fuerza que sólo podía dar la cultura y el prestigio de un título universitario.

Salvador Oyonarte García (1892-1975) había escogido el destino menos conocido en unos tiempos en los que la mayoría de los almerienses que partían hacia tierras americanas escogían Buenos Aires. Pero las noticias del paro que en aquellos días azotaba duramente a la República Argentina, empujó a los Oyonarte hacia la aventura neoyorquina.

Viajaron con la idea de trabajar en lo que fuera para poder ahorrar dinero y regresar a su tierra. En Nueva York tuvieron suerte y a los pocos días de desembarcar encontraron trabajo en un tren correo. Allí ganaron su primer sueldo como emigrantes, pero no era dinero suficiente para sobrevivir en una capital de esa magnitud que exigía un nivel de vida alto, ni para poder mandarle una cantidad mensual a sus familiares que se habían quedado en Laujar.

La experiencia neoyorquina fue corta y de nuevo tuvieron que hacer las maletas para marcharse a Argentina, pensando que allí encontrarían más oportunidades al no tener que enfrentarse con el problema de un idioma distinto.

En Buenos Aires probaron fortuna en un restaurante y allí se quedaron durante tres años, trabajando de camareros, de cocineros, echando horas extras para conseguir ese sobresueldo que les permitió ahorrar la cantidad necesaria para regresar a Almería y montar su propio negocio.

Aunque cumplieron con la promesa de volver, nunca se desvincularon de Argentina y años más tarde sus hijos se afincaron allí y montaron negocios. Uno puso el restaurante ‘La Asturiana’, en la ciudad de Mendoza, y otro se estableció en Buenos Aires al frente del bar ‘El Arbolito’.

Salvador y Cristóbal volvieron a Almería en 1924, encontraron un local vació en el número uno de la céntrica calle Aguilar de Campoo, frente a la puerta principal de la Plaza del Mercado, y abrieron el Bar Royal.

Desde su inauguración, el Royal fue uno de esos bares mañaneros que se llenaban de vida a primera hora y se iban apagando a medida que avanzaba el día. Abría a las cuatro de la mañana, cuando empezaban a llegar los asentadores de la alhóndiga, aunque sus primeros clientes eran siempre los cargadores, que antes de empezar la faena se despertaban con un café caliente y una copa de coñac.

El Royal tenía esa atmósfera cargada de los bares de hombres, donde el olor a tabaco, a verdura fresca y a sudor se mezclaban con el aroma cálido del café recién hecho y del anís que los trabajadores se tomaban en ayunas para poner a punto el estómago.

Todo sucedía de prisa entre aquellas cuatro paredes presididas por una hermosa vitrina de cristal de doble espejo: los cargadores transportaban la mercancía a la carrera y en dos minutos entraban al bar y consumían su desayuno; los asentadores negociaban los precios con sus clientes con un apretón de manos o un guiño de ojo, y después terminaban sellando el acuerdo sobre la barra de mármol.

Mientras el Mercado permanecía abierto la calle Aguilar de Campoo era un ir y venir de gente que le daba al lugar el ambiente de los viejos zocosárabes: vendedores ambulantes que se instalaban en las aceras coreando a gritos su mercancía y un río incesante de compradores que entraban y salían de la Plaza.

Por las tardes, la vida se iba desgastando en los comercios de la zona. Cuando cerraba la Plaza la calle se llenaba de silencios y el Royal se iba adormeciendo en una siesta profunda que se prolongaba hasta que empezaba a oscurecer y llegaba la hora de la partida.

El salón principal del local, con sus espléndidas mesas de mármol, se transformaba en un pequeño casino donde los comerciantes del Paseo se reunían para jugar sus interminables partidas de dominó. El Bar Royal pasó por momentos críticos durante la Guerra Civil, pero cuando terminaron los tiros fue uno de los primeros establecimientos que abrieron y le dieron vida a una ciudad moribunda.

En mayo de 1939, ya estaba funcionando de nuevo, compartiendo protagonismo con los grandes negocios del Paseo como la cervecería ‘El Oro del Rhin’, la marisquería ‘Gambinos’ y los históricos ‘Café Viena’, ‘Colón’ y ‘Español’, que también reiniciaron su actividad un mes después de acabar la guerra.