ALMERÍA - CUBA

El coco que salvó a Luis Baeza Navarro

Texto escrito por Eduardo D. Vicente y publicado en el periódico

La Voz de Almería el día 02 de Diciembre de 2009

El coco forma parte de la herencia de los Baeza, como un símbolo de un enorme valor sentimental
que recuerda la historia de un hombre que estuvo a punto de perder la vida en Cuba. El coco se ha ido conservando a pesar del tiempo, en un viejo baúl, junto a los recuerdos de otra época, detalles que marcaron la vida de una familia.

Luis Baena Navarro

Luis Baeza Navarro nació en el pueblo de Fenix en 1870 y

murió en Valencia en el otoño de 1918 por culpa de la epidemia de gripe

Luis Baeza Navarro nació en 1870. Su padre era un hombre rico que disfrutaba de grandes posesiones de tierra entre Enix y Roquetas. Campos enteros que se perdían en el horizonte, donde no llegaba la vista, constituían el patrimonio de una de las familias adineradas de la época.

Desde niño, el pequeño Luis sabía que no viviría de las rentas ni sería latifundista como lo había sido su abuelo, como lo era su padre. él estaba marcado por la obsesión que tenía su padre de que sus hijos fueran hombres de carrera, gente de letras, capaz de defenderse en el mundo con la fuerza que sólo podía dar la cultura y el prestigio de un título universitario.

Mariana Llorca esposa de Luis Baeza

Mariana Llorca fue su fiel compañera desde que en 1893 se casaron en la iglesia de San Sebastián.

Sus restos reposan en Felix junto a su marido.

Cuando terminó los estudios de Bachillerato en el Instituto de Almería, el joven Luis Baeza se marchó a Salamanca para hacerse ingeniero de Obras Públicas. En 1888, llegar a Salamanca desde Almería no era un viaje, sino una auténtica aventura, ya que todavía no había llegado la línea de Ferrocarril y tampoco era posible utilizar el Vapor, el medio de comunicación más importante en aquellos tiempos de aislamiento absoluto. La única vía era la carretera, los caminos, meterse en una diligencia de caballos y atravesar los complicados senderos del sur, parando a descansar de venta en venta.

Al concluir la carrera, con su título de ingeniero debajo el brazo, aceptó una oferta del Estado para irse a trabajar una temporada a Cuba. Era una oportunidad de coger experiencia al salir de la Universidad y a la vez de ganar un sueldo que era imposible obtenerlo en España. En 1893 ya estaba en la isla construyendo puentes y haciendo carreteras.

De aquellos años en Cuba siempre recordaba los insoportables mosquitos que atacaban noche y día y lo obligaban a tener en su casa como empleadas a expertas muchachas en el manejo de los pericones para espantar a los insectos. Nunca entendió como se podía vivir en algunas zonas próximas a la selva, entre tantos mosquitos, ni tampoco la costumbre que tenían las cubanas de beber té insistentemente para que se les blanqueara el cutis.

El coco que le dio alimento y bebida a Luis Baeza

El coco de la fotografía es el que allá por 1894 le dio agua y alimento al almeriense Luis Baeza cuando se encontraba perdido por la selva de Cuba. Él lo veneró como si fuera una reliquia sagrada, lo conservó como si fuera un tesoro y a su muerte se lo dejó a sus familiares para que siguieran guardando aquel recuerdo que un día le salvó la vida.

Cuba estuvo a punto de ser su tumba. Un día, mientras caminaba con su ayudante por una franja de la selva de Guantánamo, fueron asaltados por unos bandidos que los dejaron sin provisiones y sin ningún medio para poder orientarse en aquella zona de exuberante vegetación. Anduvieron dos días con sus dos noches subiendo y bajando cerros hasta que llegaron a un valle donde se encontraron con la fruta que les salvó de vida. Sólo pudieron coger un coco en buen estado. Su agua y su carne les dio el alimento que necesitaban para seguir caminando durante un día más y encontrar de nuevo la civilización.

De regreso a España, trabajó en la construcción del puente sobre el río Cabriel, en Cuenca y con su primer sueldo le compró a su mujer unos pendientes de brillantes. Ella había sido su fiel compañera en los duros años de ‘exilio’ en Cuba, su gran apoyo desde que en 1893 contrajeron matrimonio en la iglesia de San Sebastián.

Mariana Llorca siempre estuvo al lado de su marido y no se separó de su lado ni en los días críticos en los que la muerte visitó su casa. Fue en el otoño de 1918, cuando la Luis Baeza cayó enfermo, víctima de la epidemia de gripe. Pasó varios días en el lecho de muerte, con fiebre alta y alucinaciones, y ella nunca se separó de la cama. Los médicos intentaron quitarle el mal aplicándole toda clase de ungüentos. En un último intento de darle la vida le pusieron sanguijuelas vivas detrás de la oreja y en el cuello para que le chuparan la sangre y rebajaran
la enfermedad, pero fue inútil.

Luis Baeza Navarro falleció en Valencia con sólo 48 años de edad. Su mujer no volvió a casarse y le guardó el luto hasta que falleció en el invierno de 1941. Cinco años después, sus familiares cumplieron con el deseo del matrimonio y en una urna forrada con terciopelo verde, trasladaron los restos de Luis Baeza al cementerio de Felix, donde yace junto a su esposa.

Desde el nicho donde está enterrado, se pueden ver los campos del Poniente que en otro tiempo fueron las tierras de su abuelo y de su padre, grandes extensiones que se perdían más allá de donde alcanzaba la vista, territorios de su infancia con los que él soñaba en los días que estuvo destinado en Cuba.