

ALMERÍA - FRANCIA
Cuando José Caparrós Barragán llegó en el año 1959 a Cotignac, en la Provenza francesa, no sabía nada de aquél idioma. “¿Qué hacía?, pues quedarme mudo”, recuerda ahora, en el salón de su casa de Carboneras, en un día espléndido y con el mar a la vista. “Le preguntaba a mi hermano: “¿Qué dicen?”, pero me hice mudo. Oír, ver y callar. Los domingos salíamos a los bares, y nada, no hablaba. Y a los tres meses empecé a hablar, y casi como lo hago hoy. Es que no tenía más remedio...”.

José Caparrós, en su casa de Carboneras, Almería,
junto a la veleta que él mismo ha hecho
José había dejado en Carboneras a su esposa, María Belmonte Alonso, y tres niños, Mari Ángeles, Salvador y Martín. Hijo de agricultor, había nacido en un cortijo del pueblo y pasado toda su vida trabajando. “La mitad del pueblo vivía de la pesca, y la otra mitad del campo, más o menos. Era un pueblo muy pequeño, muy abandonado...”, dice. “Cuando podíamos ya andar, el que no hacía una cosa hacía la otra. Teníamos mucho ganado, muchos animales. Mi padre, Salvador, era un hombre valiente, y no hemos conocido mucho la miseria nosotros, pero el trabajo también nos ha sobrado”.
Con el tiempo se hizo carpintero, albañil, trabajó en las carreteras, fue zapatero durante la mili. José era un trabajador infatigable. “Me gusta hacer de todo”, reconoce. “Estaba siempre delante, con los que sabían, lo quería aprender todo”. Por eso destacaba donde fuera, y salía adelante. “Yo he tenido suerte, pero por lo que he trabajado”, dice.
Una calle de los años 50 de Buenos Aires
Estuvo en Lérida varios años, a mediados de los 50, y luego volvió al pueblo. Siguió trabajando en la obra y tuvo una fábrica de yeso, “pero no, aquí la vida no era... nada”. De modo que, con su pasaporte en el bolsillo, se fue a Francia, donde ya estaba un hermano que se había ido casi diez años, cruzando las montañas.
Cotignac es una pequeña población de la región de Provenza-Alpes- Costa Azul, el Mediodía francés. Un pueblo de unos 1.500 habitantes en aquella época, paradisíaco y bucólico. “Poco más que esto”, dice José. “Mi hermano vivía en una casita en la que había una habitación sobre otra. Cuatro o cinco pisos para arriba. El pueblo estaba muy abandonado”. Pero había trabajo, y allí José, además, cayó bien.

Foto familiar
“Estábamos arreglando el techo de la casa del secretario del pueblo. El hombre me vio y dijo: “¿Es que es albañil tu hermano? Pues si quiere trabajar, que me dé el pasaporte, que le arreglo los papeles”. José se fue a Niza, pero las capitales no le han gustado mucho. Cuando volvió a Cotignac, ya estaban sus papeles. “Con el trabajo que costaba tenerlos, pero el secretario tenía mucha mano”. Y pasó allí 21 años, en una empresa que se movía por toda la región.
Llevó a la familia y compró una casa, que arregló y puso a su gusto, como siempre ha hecho las cosas. Allí le nacieron dos hijos más, Isabel y José Manuel. “Se vivía mejor que aquí”, dice. “Y cada año venía a ver lo que había dejado. Con el tiempo me compré dos o tres casillas viejas en Carboneras, y las fui arreglando”.
También ayudó a muchos españoles. “En una época nos juntamos allí unas 50 familias. Yo ayudaba a la gente que veía mal aquí. Con el tiempo me había dado a conocer, pues allí hay pocas casas que yo no haya tocado. Me llevaba bien con todos, y no había muchas molestias para hacer los papeles para la agricultura, y luego los cambiaban”.
En 1980 volvió a Carboneras. Vendió la fábrica de yeso y se hizo la casa donde ahora vive en un solar que era de su padre. A su gusto, como él hace las cosas. Desde aquí mira el mundo de ahora, lo que cambiado el pueblo, la vida. “Ya los jóvenes no tienen que emigrar”, reflexiona. “Pero como siga el mundo como va, no sé...”.
“Habían muchos emigrantes españoles, e italianos”, recuerda José Caparrós. “Y gracias a Dios no hemos tenido muchos problemas, y los españoles menos que los otros. En Francia hemos caído bien. He tenido suerte, pero los que me llevé para allá eran campesinos o gente de la mar, de construcción sabían poco. Yo, como lo mismo hacía yeso que albañilería, todo...”. Para una persona como él, que siempre ha gustado de aprender todo lo que estaba a su alcance y trabajar, y que siempre se ha abierto camino con sus manos allá donde ha ido, Cotignac, un pequeño pueblo del Mediodía francés, con clima parecido al de aquí, fue el lugar soñado. Había trabajo y se valoraba al que lo hacía bien. A partir de 1960 hubo una intensa emigración española hacia Francia. Se estima que a mediados de esa década llegaron allí unos 200.000 españoles. Ya no eran exiliados, sino trabajadores que, en su mayoría, iban con pasaporte. Esta tendencia decreció, pero a mediados de los años 70 volvió a producirse otra oleada de emigrantes. Muchos iban con contratos temporales, y siempre fue una emigración dividida entre el asentamiento y el retorno. Muchos volvieron, a partir de la década de los 80, pero otros, sobre todo los descendientes, se quedaron. Habían hecho allí sus familias, sus vidas.

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