ALMERÍA - SUIZA

Una vida de ida y vuelta entre Terque y la relojería suiza

“De mi juventud me acuerdo de buenas cosas, no como otros. Un juventud feliz, libre, jugábamos al fútbol con cualquier cosa...”. En su casa de Terque, José Cantón Segura mira caer la tarde por las laderas de la sierra y recuerda su vida. “Hacías lo que querías, las puertas todas estaban abiertas. Yo recuerdo libertad".

José Cantón Segura

José vive ahora en Terque, donde ha comprado un piso nuevo y está cerca de su hermana.

José vive en un piso nuevo, rodeado de libros, discos y revistas, a la entrada del pueblo, a donde ha vuelta al cabo de tantos años como emigrante. “Al final, todo el mundo se acuerda de dónde nació”, dice. “Es un pueblo tranquilo, me gusta. El valle del Andarax es muy bonito”.

José estudió en el pueblo. Su padre puso un negocio en Almería durante tres años, pero volvió al cabo. A los 14 años José volvió a la capital para entrar en la Escuela de Formación Profesional, en La Rambla. Se hizo ajustador mecánico y se fue a Madrid, pues aquí “no había nada”. Allí trabajó en Barreiros, Boetiche y Navarro y Eugenio Grasel.

Luego estuvo en Barcelona, en un taller mecánico, y de allí se fue a la mili, en Granada. “Pero ya me había buscado trabajo en Suiza”, dice, “así que cuando salí, me casé y en 1961 me fui para allá”. Iba para una fábrica de aparatos ópticos, pero tenía contrato de soltero, y cuando se enteraron de que estaba casado, lo despidieron. Un intérprete le dijo que más abajo había una fábrica de aviación, y allí que se presentó con su diploma y su currículum.

Le dijeron que no había problema, pero que tenía que salir y volver a entrar al país. Lo más cerca era Austria. Allí su esposa, Antonia Omiste Saura, encontró trabajo, de modo que, cuando él pudo volver a Suiza, se vieron trabajando cada uno en un país distinto. Iba y volvía los fines de semana, y allí, en Bregenz, Austria, les nació el primer hijo.

“Aquello era bonito”, recuerda. “Y muy distinto que aquí. La educación, cien años de diferencia. Vivíamos en un pueblecito que parecía un belén. Así estuvimos dos años”. Con el tiempo se llevó a su mujer a Suiza, y se fueron a la parte donde se habla francés, pues el carácter era “más parecido”. Estuvo cinco años en una empresa de máquinas de tricotar, en el cantón de Neue Chatell, y le nacieron otros dos hijos.

Luego se fue a Rolle, un pueblo al pie del lago Leman, en el cantón de Laussanne, y estuvo de encargado en una empresa de instrumentos dentales, durante diez años. “Modifiqué máquinas, hacía matrices, ponía todo a punto...”, dice. El dueño trabajaba de cuello y corbata, “y toda su vida había hecho una pinza, pero decía que era la mejor pinza del mundo. Son muy perfeccionistas”.

Jose Canton mostrando un catálogo de relojes suizos  

José muestra un catálogo de una forma de relojes suizos con la que trabajó

En 1978 se fue a Ginebra, y comenzó a trabajar en Talleres Reunidos, en el mundo de la relojería. “Yo no soy relojero”, aclara. “Hay todo un mundo de pequeñas industrias que trabajan para la industria de la relojería propiamente dicha”. José hacía las cajas de los relojes de platino y oro para Patek Philippe. “Era un trabajo muy manual, bonito. Había que trabajar con másmenos dos centésimas de precisión, y tendiendo a cero siempre”.

De allí se fue a Estilo, otra industria que trabajaba, entre otros, para Rolex. Y a los 54 años, se vino para España. “Me harté de Suiza”, sonríe. “Para el carácter latino, es un poco aburrida”. Sus hijos quedaron allí, con sus nietos, y él vino a Tarrassa, donde viven sus padres y hermanos.

Con el tiempo, su hermana, Dolores Cantón, que vive en Terque, le dijo que en el pueblo habían casas para comprar, y así José, tras tantos años, ha vuelto al pueblo en el que pasó una niñez que recuerda con tanto cariño. “Estoy activo”, dice, “hago deportes, nado, viajo a menudo a ver a la familia, leo...”.

Una vida global con centro en el Andarax

“El que quiera un buen reloj, tiene que ir a Suiza”, dice José Cantón Segura. “En maquinaria de precisión son los mejores del mundo. ¿Por qué?, pues porque son gente seria y trabajadora, un pueblo con una constancia extraordinaria, y sus universidades de ingeniería son de las mejores del mundo”.Y no es sólo la relojería. “Allí cualquier pueblecito tiene su industria, su pequeña fábrica de algo, y lo compaginan con la agricultura, diversifican. No se casan sólo con la tierra”, reflexiona. José sabe de lo que habla. Nació en Terque hace unos 70 años, el primero de siete hermanos en una familia, como todas las del pueblo, de agricultores. Pero se hizo ajustador mecánico y, con el tiempo, terminó trabajando en la muy exigente industria relojera suiza, lejos de este ‘destino’ exclusivamente agrícola que se le supone a los habitantes de los pueblos.

Tiene hijos y nietos en otros países, familia en Tarrassa, lee en francés, escucha flamenco, viaja. Al final, su vida se ha hecho global como este mundo actual, aunque ha escogido como hogar, después de todo, su pequeño pueblo junto al río, en la sierra. Ya casi no quedan jóvenes allí, viviendo. “Bueno, nosotros también nos fuimos”, dice, y se encoge de hombros.