ALMERÍA - ALEMANIA

Las manos más curtidas del pueblo para la Opel en Alemania

Trabajaban 40 horas semanales, en dos turnos rotativos de mañana y tarde, y de ocho horas. Les pagaban bien y puntual, cada día 5 tenían en el banco sus nóminas, generosas. Pagaban el alojamiento, la luz, la seguridad social y otros gastos, pero tenían seguro médico, podían escoger sus doctores, y al final les quedaban limpios unos mil marcos al mes, que se cambiaban aquí a unas 24 pesetas. “Alemania era otro mundo”, reconocen Guillermo y Diego. “Para nosotros, que veníamos de aquí, donde trabajabas de sol a sol y casi no pagaban nada, cuando te pagaban...”.

Diego García y Guillermo Rodríguez

Diego García y Guillermo Rodríguez, muestran sus manos en Terque,

como en los exámenes médicos que pasaron en 1971.

Guillermo Rodríguez García y Diego García Roa son de Terque, de toda la vida, y, sentados en la terraza del pueblo no dejan de saludar a todos los que pasan p or su lado. Son dos de los tres que quedan del grupo de seis que, en 1971, fue escogido por la Opel para trabajar en sus fábricas, en Alemania. El otro, José Cantón Morales, es el más joven del grupo.

Ambos son de la misma quinta, del 1946 y el 47. Hijos de agricultores, trabajaron, como todos en aquella época, desde niños, e hicieron la mili cuando les llegó la edad. Pero había crisis, se acababan los años dorados de la uva, y los pueblos se vaciaban de sus mejores hijos, que partían a otras latitudes buscando trabajo.

Guillermo Rogríguez  

Guillermo, al bajar del avión en una vacaciones

Diego se apuntó para ir a Suiza, pero le dijeron que era para la agricultura, y no quiso. “Entonces, un muchacho que yo conocía y tenía un tío en la delegación de trabajo me dio un puñado de impresos para ir a Alemania. “Me los traje al pueblo y se los dí a los amigos”, recuerda. “Fueron siete, si traigo más, más nos vamos para allá”.

Primero tuvieron que pasar los exámenes médicos, en la Bola Azul. El primero con un médico español, y a los pocos días con otro alemán. “Nos examinaron del último pelo a los pies”, recuerda Guillermo. “Miraban mucho la boca, y, en un momento determinado, nos miraron las manos, así”, muestra las palmas, “para ver quiénes eran trabajadores de verdad”.

Varios de los componentes del grupo que viajó de Terque  a Alemania.

Varios de los componentes del grupo que viajó a Alemania.

Aceptaron a seis, otro no pasó porque le vieron una operación en el estómago. Firmaron el contrato en la delegación del Gobierno, en Almería, y el 11 de octubre de 1971, a las nueve de la noche, salieron, junto a otras 200 personas de toda la provincia, en tren rumbo a Madrid. Allí se juntaron con gente de Galicia, Salamanca, Huelva, Sevilla, y, al día siguiente, salieron, también en tren, hacia Rosenheim, cerca de Frankfurt, donde estaba la fábrica, en el sur de Alemania.

Vivían en habitaciones que compartían entre cuatro amigos, en una residencia recién estrenada de cuatro plantas. La Opel tenía a miles de trabajadores de casi todo el mundo “y a todos nos trataron muy bien”, dicen. Al día siguiente les hicieron otras pruebas, para medir sus capacidades y reflejos y asignarles un puesto de trabajo.

A Guillermo le tocó en pintura, y allí estuvo todo el tiempo. A Diego, también en pintura, y luego en las calefacciones. “Cada año hacían informes. Si no cumplías, no te renovaban. Pero el que cumplía no tenía problemas. Era lo que estábamos buscando, un lugar donde podíamos buscarnos la vida con nuestro trabajo”, recuerdan.

Estuvieron allí cuatro años. Entonces vino una crisis y les dieron los papeles para que pudiera irse quien quisiera a buscar otro trabajo en Alemania. Ellos volvieron. “No sé, ahora pensando, tal vez se nos calentó la cabeza...”, dice Diego. “Yo, incluso, en un momento tuve la tentación de volver, pero me salió trabajo aquí...”.

Trabajar y ahorrar. Y del idioma, lo preciso para comprar y vivir un poco

Eran jóvenes, no estaban casados, tenían toda la vida por delante, trabajadores. Guillermo y Diego recuerdan el trabajo en la Opel, en Alemania, con un cierto cariño, como una oportunidad que cambió sus vidas. Al volver, Guillermo se compró “una finquilla”, arregló su casa, se casó, tuvo dos hijos, hembra y varón, e hizo su vida. Diego consiguió un trabajo en una empresa de montaje de tuberías, también se casó y tuvo hijos. José Cantón, el otro que aún vive del grupo, trabaja en la fábrica de cemento.

En su época se construían el Opel Kadett, el Capitán, el Comodore, modelos que ya no existen. Pero aún, cuando ven los nuevos modelos por la carretera, recuerdan. “Incluso mi hijo tiene un Opel”, sonríe Diego. Alemania les gustó, aunque cuando llegaba octubre y empezaba la niebla y el frío, había que abrigarse mucho. Pero no la pasaban mal. Habían muchos españoles, italianos, portugueses.

“Casi no aprendimos el idioma, lo preciso para comprar y vivir un poco”, dicen. “Lo nuestro era la fábrica, trabajar y ahorrar”. Iban al cine los sábados. Cuando volvieron, ya en el pueblo había “vidilla”, pero reconocen que la cosa ahora está “regular”. La agricultura ya no da.