ALMERÍA - ORÁN

Una nueva vida en lo que era la Francia de ultramar

“Con los musulmanes, nos detestábamos cordialmente, nos ignorábamos. Pero nosotros, que vivíamos en el campo, teníamos vecinos musulmanes, y nos llevábamos muy bien. Mi padre, por primera vez en su vida, era feliz. El ‘patrón’ musulmán lo respetaba como nunca lo habían respetado aquí, en su propia tierra. Todos los días, por la tarde, venía a fumar un cigarro y conversar con él, y eso que era un hombre poderoso”.

Edelmiro Torres y su esposa, Raymonde Cortés

Edelmiro Torrés y Raymonde Cortés

Edelmiro Torres recuerda sus años en Orán con un poco de nostalgia, tal vez la que sentimos por los lugares en los que se vive la juventud. Ha organizado una exposición, ‘Españoles en Orán, 1830-1962. Ni colonizadores ni colonizados, trabajadores’, que ha recorrido varios pueblos de la provincia y ha viajado a Lyon, donde permanecen muchos de aquellos emigrantes y sus descendientes.

En el portal de su casa en las afueras de Pechina (Almería), junto a Raymonde Cortés, su esposa, va comentando las fotos y narrando aquella emigración.“Los franceses vivían en los pueblos. Con ellos nos llevábamos bien, pero se creían superiores”, recuerda.“Había buena convivencia entre la minoría judía, los europeos y los musulmanes. Sólo hay que ver las fotos de los colegios de la época. Luego, todo se vició...”

Una hacienda media típica en Orán, años 50

Una hacienda media típica en Orán , en los años 50

Edelmiro nació en 1935, en Huércal de Almería. Su padre era cabrero, vivía de la venta de leche, de lo que salía, la agricultura, la mina. Ya había emigrado a Argentina, Uruguay, pero no le había ido bien.

Empezó la escuela en 1942, pero era muy difícil asistir, pues había que trabajar. En 1950, toda la familia, excepto la una hermana y la abuela, se fue a Orán. “Estaba cerca y era relativamente poco costoso”, responde cuando le pregunto por qué allí. “Y allí estaba el hermano mayor de mi padre, Jesús, desde los años 20. Que, a su vez, se había ido porque ya tenía allí a unos conocidos”.

Había un sistema que se llamaba ‘Carta de llamada’, una testación en el Consulado de España. El viaje era en barco hasta Melilla, donde aún estaban en España. De allí se tomaba un autobús para pasar la frontera con Argelia, territorio francés de ultramar, seis o siete horas de viaje.

“Allí empezamos nosotros a ver musulmanes”, dice Edelmiro. “Algo sorprendente. Y el paisaje. Yo era un niño que se iba de Huércal con 15 años, y no había visto nada. Todo parecía extraordinario”. Un primo vino a buscarlos desde el pueblo donde vivían, e hicieron fonda en casa de una familia de Huércal, Rueda Fernández. “Era una pequeña tradición que todo el que llegaba de Huércal o los alrededores pasaba por allí, comía y también dormía”, recuerda.

Primero estuvieron en Mosta Ganem, un pueblecito a unos 50 kilómetros de Orán, en Valleé des Jardins, en una casa musulmana alquilada, con su patio cerrado y su pozo. Un año y medio después, se fueron todos a Perregaux, un pueblo también cercano a Orán. Se dedicaban a la agricultura. Sus primos eran taladores de naranjos, un oficio muy solicitado allí, y Edelmiro y sus hermanos lo aprendieron también.

“Era colonialismo al revés”, sonríe Edelmiro. “El dueño de la tierra, el ‘patrón’, era el musulmán. En Perregaux todos eran trilingües: se hablaba francés, árabe dialectal y español. Un español que se iba modificando, habían dos españoles, el de los recién llegados y el de los que vivían tiempo allí”.

“La vida era muy parecida a la de aquí. Se podía vivir más holgadamente, y sin el miedo de quedarse sin trabajo. Se exportaba mucha naranja, un millón de toneladas al año”. Pero, Edelmiro no sabe por qué, la situación se fue enrareciendo. Comenzaron los atentados, la guerra. “En el mundo musulmán había presión. Miedo, desconfianza, un puñal, un tiro. La gente de la revolución los presionaban”, reflexiona. “Y por parte de los europeos, se formó la OAS. Los españoles entraron, la mayoría por ignorancia”.

Edelmiro conoció a Raymonde, que sí había nacido en Perregaux, hija de la señora que les había alquilado. En el 57 se fue a Lyon, a trabajar en una empresa de productos químicos. En el 59 ya había ahorrado, y volvió a Orán para casarse.“Aquello estaba peor”, dice. “Se sabía
que ya se había terminado, pero quedaba la ilusión. Nos registraban... había situación de guerra civil”.

Tras 15 días de luna de miel en Orán, se fueron. “En Francia también había cierta discriminación, como en todos lados donde hay emigración”, dice. “Pero eso no mata”.