

ALMERIA - CLERMONT-FERRAND
Diego Sánchez Ayala nació en Sorbas el 23 de marzo de 1930, el mayor de seis hermanos. Su familia tenía un bar en el pueblo, el mejor que había en la localidad, pero al padre se lo llevaron a la guerra, y cuando volvió, nueve meses después, tuvo que traspasar el bar. La situación estaba tan mala que tuvo que coger un cortijo al lado del pueblo, con muchos frutales y mucha tierra, y meter allí a la familia. “Y como yo era el mayor, pues me pusieron a trabajar en el campo. Fui a la escuela de noche algunas veces, pero muy poco, lo que sé es porque me estuvieron dando clases y después en la mili aprendí un poco más, pues era asistente de un capitán”, recuerda ahora.

Diego Sanchez, padre de Juana María,
Presidenta de la Federación Andaluza de Asociaciones de Emigrantes Retornados y de ASALER e integrante del Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior
“Estuve trabajando en el campo hasta que me marché a la mili”, continúa, tras una pausa. “Cuando regresé empecé a trabajar con mi suegro en el esparto, la almendra, la alcaparra, y después conocí mi mujer, Ana Dolores Pérez, y nos casamos al poco tiempo. Compramos un coto un poco más abajo de Níjar que se llama Los Alejos, y ahí, en once días, gane el dinero para casarme pesando el esparto a los esparteros que llevábamos”. Cuando, tiempo después, decayó el negocio del esparto, ya Diego tenía dos hijas. “La cosa se puso mala, y fue cuando yo me fui a Francia por dos meses con una pasaporte de turista, en 1960, porque tenía unos familiares allí. Yo tenía hablado con el dueño de una gran finca donde nosotros recogíamos el esparto para cogerla a mi regreso”, explica. “Pero la verdad es que en Francia me fue bien y, tres años después, me siguieron mi mujer con las dos niñas”.
Diego se fue a Clermont-Ferrand, una localidad muy conocida por la fábrica de neumáticos Michelin, que le ha dado su impronta y ha marcado su historia. Clermont-Ferrand está en el centro sur de Francia, en el corazón del Macizo Central. Diego comenzó en la Michelin de primer obrero. Después fue conductor, ayudando a las máquinas con las gomas de las ruedas. “Hacíamos la preparación, nos llegaba la goma en palets grandes, unas placas de seis a siete kilos, allí se trabajaban y se preparaban, y después pasaban a otro taller para hacer la rueda. La producción era en cadena”, recuerda.
“A los diez meses de llegar mi mujer y las dos niñas, se nos quemó la casa, todas nuestras pertenencias”, continúa. “A nosotros no nos pasó nada. Era lunes y tenía que empezar a trabajar a las cuatro de la mañana para arrancar las máquinas, para cuando iba el equipo de trabajo a las cinco ya estuvieran marchando, y me desperté sobre las una de la madrugada. Le digo a mi mujer: “Has dejado encendida la luz de la escalera”, “No yo la he apagado”, “Cómo que las has apagado”. Entonces me levanté y ya estaba quemándose la cama de mis niñas, las pillé, una a cada lado de cada brazo y salimos corriendo. No pudimos regresar a coger nada, la última paga que yo había cobrado se quemó entera”.

Diego Sanchez y su esposa, Ana Dolores Pérez
“En la fábrica me apreciaban y me querían mucho, y al no ir a trabajar y mandarle aviso con un trabajador del pueblo al contramaestre, de momento asomó, el contramaestre con una mujer de la Asistencia Social que nos llevó ropa, dinero y nos dijo que lo más pronto que pudieran nos preparaban una casa para que nos fuéramos a vivir. A los 13 ó 14 días me dieron la llave ya estaba el camión cargado de muebles en la puerta de la casa, cuando fuimos nosotros esperando a abrir la puerta para descargarlos”.
La fábrica de la Michelin era muy grande y todos los grandes negocios de la localidad eran de ellos. Tenían tiendas de comestibles, tiendas de muebles, de todo, y allí Diego no sólo trabajó con almerienses, sino otros españoles de otras provincias. “También habían portugueses, italianos”, recuerda. “Entre el 1965 y el 1966 estuve de intérprete en la empresa porque ya entendía un poco el francés. Todos los días entraba gente nueva, portugueses y españoles, y mi función era explicarle el trabajo a realizar, los espacios habilitados para fumar, donde podían descansar, y los presentaba al jefe principal del taller.
“Yo apenas sabía hablar portugués pero por la aproximación de su país con el nuestro muchos de ellos sabían un poco español, por lo menos chapurreado, y si el trabajador era muy cerrado buscaba a un amigo de León que trabaja allí también, y que hablaba perfectamente el portugués. Una vez que los contratos nuevos fueron disminuyendo, volví de nuevo a mi trabajo anterior”.
“Estuve 15 años trabajando allí. Veníamos todos los años, pero de vacaciones y pensamos de venirnos porque mi hija la mayor, Juani, se había venido a España a estudiar, y decía que no volvía más”, explica Diego. “La segunda, Ana María, también quería venirse, y bueno, ya teníamos dos casas, una en España con la niña y mi suegra, y otra en Francia con mi esposa, los tres niños, y yo”. Pero Diego y su familia ya no se sentían emigrantes ni en Francia ni al regresar a su tierra. “En agosto de 1974, regresamos a Almería, al piso que compramos y donde vivían mi hija y mi suegra. Trabajé en la construcción durante ocho años, y luego mi hija la mayor montó una empresa de limpieza, y estaba empeñada de que me fuera a trabajar con ella, y al operarme de una hernia dejé el trabajo de gruista en las obras y me pude a trabajar con ella de encargado de la limpieza de los aviones en el Aeropuerto de Almería, durante doce añoshasta que me jubilé”.
El país de uno tira mucho”, reconoce. “Veníamos todos los años en agosto, porque era cuando la fábrica cerraba y nos daban vacaciones a todos. Tan sólo creo que no vinimos un año porque yo estaba de baja”. En Francia había centros donde se reunían los españoles, hacían encuentros y fiestas. “Nosotros sólo fuimos una sola vez a la Casa del Pueblo pero no nos gustó el ambiente que había, y nos reuníamos con otros españoles, pero en las casas y en las navidades nos reuníamos dos o tres familias y las celebrábamos, también".

Diego Sanchez Ayala, nos cuenta su historia
“Ya nosotros, cuando regresamos, vivíamos en un chalet de la fábrica. Casi a todos los que trabajan le daban una vivienda, la Michelin disponía de muchas viviendas y hacían muchas obras, un grupo de casas que eran de una forma y luego hacían otro bloque, de otra. Tenían pisos... Eran recintos vallados y disponían de jardín de 300 metros, entrabas por tu valla con un garaje al lado de la casa”.
“Nuestro objetivo era trabajar el tiempo que fuera y venirnos para la tierra, ya no regresamos más para trabajar, pero ya ves, volví a los 15 años, y me nacieron dos niños en Francia. Al regreso, uno tenía nueve años y el más pequeño, dos. Uno es catedrático en la Universidad de Almería, y el otro es ingeniero, en Murcia”. “Después fueron dos cuñados, hermanos de mi mujer, y actualmente aún vive uno allí, tenía tres niños y posteriormente la mujer tuvo trillizos y ya con seis hijos donde se marchaba y tuvo que quedarse allí”.

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