ALMERÍA - WASHINGTON

El general Chris Cortez es el hispano que ha llegado más alto en el ejército estadounidense.

Texto publicado en la Revista Vanity Fair en Diciembre de 2008

JUANJO ROBLEDO relata la historia de este hijo de emigrantes almerienses

Fotos de KATE ORNE

El general avanza por los pasillos lustrados de un centro de alta tecnología de Microsoft en Washington D.C. A su paso, enormes servidores de lucecitas titilantes e informáticos en vaqueros y camisas planchadas. "Googd morning, sir", le dicen, mientras el general, alto y fibroso, abre su oficina. Allí, enciende su Zune, el iPod de Microsoft y busca una canción: "Porompopóm, poromporomporom pompero". Sí, es la voz de Manolo Escobar que brota entre guitarras salpicando los serios pasillos de la multinacional. De pronto, parece que el general Cortez se ha ido a otro lugar, a miles de kilómetros...

Cristobal y su esposa Leigh frente al monumento Iwo Jima en Washington

PATRIOTA Cortez, con su esposa Leigh, frente al monumento Iwo Jima en Washington

Chris Cortez, de 59 años, —Cristóbal Cortez, según su partida de nacimiento— es uno de los militares más respetados en Estados Unidos: Legión de Mérito por su valor en la primera Guerra del Golfo Pérsico, mayor general de dos soles, uno de los pocos marines de origen hispano (sólo cinco en más de 200 años) que más rango y responsabilidad ha alcanzado. Ha sido director de operaciones del Pacífico en Pearl Harbor (Hawai), coordinando los movimientos de más de 300.000 hombres, y director de reclutamiento en todo el país. Es un marine sólido, con una lealtad acrisolada por la bandera americana. Nació en Vacaville, un pueblo californiano alfombrado de nueces y albaricoques, pero su sangre y su inspiración venían del otro lado del Atlántico, de un pueblo de la Almería más olvidada: Tahal. "Mis padres vinieron a buscarse la vida. Eran muy pobres y tenían siete hijos. Estábamos en el nivel más bajo, el de los campesinos, no sabíamos hasta dónde íbamos a llegar pero luchamos. Una generación después mis hijos tienen educación universitaria y muchas oportunidades", comenta el militar con su limado acento andaluz.

" ¡Qué bonito!", agrega mientras tararea el Porompompero. En las fiestas, Chris, como prefiere que le llamen, suele acompañarse de una guitarra para repasar el cancionero de Los Chichos, El Fary o Gipsy Kings. Su voz anima al auditorio, incluidos generales y altos directivos.

Cristobal Cortez

Después de 34 años en la Marina, en 2005 Microsoft lo fichó como director de las relaciones de la empresa con los gobiernos del mundo. Ya no lleva su uniforme blanco; ahora luce traje y corbata aunque sus formas, su corte de pelo y su caminar siguen siendo los de un comandante. Por eso, cuando alguien llama a su despacho, el general baja rápidamente el volumen del Zune y recupera la rigidez castrense. Abre la puerta de golpe y se encuentra a una mujer rubia de sonrisa amplia: "Hi, honey".

"Mi esposa Leigh. Es de Carolina del Norte", me presenta el general. Es verano y el calor pegajoso del D.C. se filtra por las ventanas. Como si se tratase de una escena de Almodóvar, Leigh saca un abanico de su bolso. "Los colecciono, tengo más de veinte", dice mientras se abanica y espera el relato que su marido le ha contado cientos de veces. Acostumbrado a vivir en portaaviones y campos de entrenamiento, el general se mueve con dificultad por la pequeña oficina acristalada. Su puesto en Microsoft podría ser un final redondo del sueño americano, de no ser por las grietas que quedan en su memoria. "Es una historia de mucho sufrimiento", susurra. El primer recuerdo lo transporta a 1948, a la aridez de la posguerra española, al interior de Almería y al corazón de su madre, Dolores.

Casa de su familia en Almería

La casa de su familia en Almería

Su madre, Dolores, su tía Isabel y seis niños, entre ellos cuatro hermanos, cruzaron medio mundo en una semana cuando nunca antes habían salido de su pueblo. De Almería a Madrid, de allí a Lisboa y luego en avión hasta Nueva York. Antes de comenzar a digerir los rascacielos de Manhattan ya estaban empaquetados en un tren con destino a Sacramento (California), al otro extremo de Estados Unidos. Al sitio más lejano y ajeno a su hogar. No era un viaje de turismo, era un viaje sin retorno. Allí les esperaba Juan, el padre del general.

"¿Do you speak English?". La familia decía que sí sin entender qué les preguntaba aquella mujer de ojos azules que comenzaba a enojarse. "Fue la única vez que hablamos con alguien. íbamos en un vagón pequeñito del tren. Habíamos dejado todo atrás, las mulas, las yeguas. Yo sólo quería encontrar el biberón para darle leche a los niños ", recuerda la tía Isabel a través de una conferencia que Cortez ha improvisado con los altavoces de su teléfono. En el relato hay paisajes aterciopelados, puentes y ríos tan largos como la incertidumbre que se abría en sus vidas. "Tía Isabel, gracias. Saludos a la familia", comenta el general frente a un árbol genealógico con nombres y fechas que ha dibujado para resumir la estrategia de supervivencia de la familia Cortez en América.

El primero en llegar a las minas de cobre del condado de Calaveras, en California, fue el abuelo en 1912. Era la ruta que seguían muchos españoles en aquella época. Cruzaban el océano para moler piedras, ahorrar y regresar al cabo de algunos años. Para los estadounidenses, eran inmigrantes, para los andaluces, "los americanos ". En esas sucesivas migraciones la familia descubrió el valle de Vacaville, verde y fértil como las profecías bíblicas. En España estaban en plena Guerra Civil. A Tahal apenas le afectó, pero los fantasmas de la hambruna y el resentimiento ya tocaban a las puertas. "Mi abuelo estaba viejo y le dijo a mi padre que se encargara de la familia, que ya era un hombre. Tenía 16 años ", comenta Cortez. La última vez que lo vio fue en 1998 antes de embarcarse para Kuwait. El general dirigió la primera unidad de marines que fue abriendo camino entre los sembrados de minas que el ejército iraquí dejaba a su paso. Mientras eso sucedía, su padre murió.

"Mis padres no tenían ni la secundaria. Su vida era su trabajo y sus hijos. A pesar de ello y de su pobreza, nos dieron una riqueza enorme de valores como la solidaridad, el respeto al ser humano y a la familia. Esos son regalos preciosos ", dice el general mientras mira su reloj. "Es hora de comer ", agrega y enfila hacia la cafetería del edificio. Allí, informáticos y personal administrativo hacen cola para un bufete de costillas barbecue, ensaladas y una colorida gama de muffins y brownies que parece seleccionada por el propio Homer Simpson. "No solemos comer aquí ", explica Cortez esperando su turno. En la fila una mujer se lamenta porque su hijo se va a la Marina. "No vuelven iguales. Vuelven con la mirada dura ", dice mientras Leigh susurra: "Sí, ya he pasado por eso ". El general no comenta nada.

La vida en Vacaville seguía el ritmo inmutable de las cosechas: ciruelas, albaricoques, nueces. Recoger, podar, limpiar y nuevamente: ciruelas, albaricoques… Aquella rueda estaba siendo diseccionada por los ojos negros y vivaces de un niño. "Eran horas y horas bajo el sol, bajo la lluvia. Pensaba mucho, sobre todo en que quería otra vida ", señala Chris. Su madre completaba la jornada en una empresa de conservas donde cortaba cebollas. Aquel olor todavía lo hiere. Dolores tuvo que dejar el trabajo porque sus brazos estaban llenos de quemaduras. "Me gustaban las cenas en familia. Los tíos hacían chorizos y morcilla. Hablaban de sus viajes en barco. Contaban chistes de curas y guardias civiles. Me encantaba escucharlos. ¿Cómo serían los cortijos?, ¿los pozos?, ¿los campos de olivos? ", comenta con una mirada chispeante. " ¿Cómo sería España? ". Tuvo que esperar hasta los 21 años para saberlo.

Entonces fue a la Universidad Complutense e hizo un curso de español. Ya era marine y la gente en los bares le llamaba gringo.

De nuevo, alguien toca a la puerta. El general se pone de pie. Una ingeniera le explica algo mientras él, entusiasmado, nos hace una invitación: "Quiero enseñarles algo maravilloso. Una de las cosas que desarrollamos aquí ". En el pasillo, de nuevo saludos de "Sir " y algún "Hi Chris " que el general agradece con una sonrisa. Durante su primera etapa en Microsoft Cortez dirigió un equipo mundial de asesoría a gobiernos para la agilización de trámites y servicios. La multinacional está fichando militares en la reserva en gran parte por su credibilidad. Cortez no es el único de su rango que recorre los pasillos, también hay un general del ejército que, por supuesto, lleva traje y corbata. "Gobiernos electrónicos ", aclara Cortez. "Me encanta porque con la tecnología podemos ayudar a mejorar la calidad de vida de la gente. Ahora llevo la región federal, Washington. Soy el director general de las operaciones estratégicas ", explica mientras se sienta frente a una mesa táctil en la que se ve correr un arroyo. En realidad se llama Surface (Superficie), uno de los artilugios más modernos de Microsoft.

Cristobal Cortez junto con su familia

Cristobal cuando era Mayor destinado en Washington, 1985

Tiene 52 puntos de toque y responde a todos. Tóquenla ". Leigh acaricia la superficie y de repente se forma una hendidura en el agua, un círculo líquido como aquellos que en el cine simbolizan el paso a otra dimensión. "No hay que utilizar teclado ni ratón, sólo las manos. Tiene todas las funciones de un ordenador pero además reconoce la forma de los objetos", explica la informática mientras cierra la imagen con un dedo y abre otra: el centro de Nueva York. Con las manos acerca rascacielos, calles. El general sugiere algo: "Busquemos Tahal ". Abre un mapa de Europa y acerca la imagen con las dos manos como si buceara: España, Andalucía, Roquetas del Mar, sus manos guían el mapa, lo alejan, lo vuelven a acercar pero no encuentra el pueblo.

"Es muy pequeño. Ese es Tabernas, Uleila del Campo, en la zona de el Cerro Urbano, donde está el cortijo de los americanos, allí vivía la gente que regresó de América ", susurra a punto de abandonar la búsqueda cuando de repente exclama: "¡Ahí está, es Tahal! ". El general sonríe mientras le explica a la sorprendida ingeniera que su familia salió de allí. Luego agrega con mirada acerada: "Este chisme serviría mucho para operaciones militares ".

Cristobal Cortez con su familia española

Cortes y Leigh con su familia española durante

una de sus últimas visitas a la tierra de sus orígenes

La operación Tormenta del Desierto comenzó con un pequeño remolino de 1.400 marines que rompían la noche entre palpitaciones, sudores fríos y los disparos furtivos que silbaban sobre sus cabezas. El Primer Batallón, 5º de marines, tenía que asegurar la zona, abrir un boquete en el frente iraquí para que entrara el grueso de la artillería estadounidense: tanques y vehículos blindados. El entonces teniente coronel Chris Cortez, experto en estrategia y disparo con rifle, estaba encargado de la misión. Su corazón, desbocado. "Encontramos mucha resistencia y luego nada. En los campamentos sólo había tazas de café aún calientes. En 24 horas ya teníamos 2.000 prisioneros ", comenta mientras baja la mirada.

En realidad, el general soñaba con ser profesor de español, quería ir a la universidad, era uno de los proyectos forjados durante las tardes en que le leía a su madre analfabeta. Hasta que un día llamó a su puerta un infante de Marina.

"La guerra es lo peor que puede pasar. Es un fracaso político de personas que no han podido resolver sus diferencias hablando. No hay nada bonito en la guerra, hay muerte ", agrega pausado y subraya como si fuese una frase de manual: "Los que combatimos hacemos lo que tenemos que hacer. Cumplir nuestra misión con el menor número de bajas ". Su unidad regresó a Estados Unidos intacta. La operación fue calificada de perfecta. De aquella guerra tiene impregnado el sabor metálico del alquitrán que cubrió Kuwait cuando se incendiaron los pozos petrolíferos.

La nube negra de la actual guerra en Irak sobrevuela su oficina como un fantasma. "Quisiera que se terminara. Ahora bien, nos enfrentamos a una guerra de guerrillas, un cáncer que puede atacar en cualquier parte: Madrid, Londres, Nueva York. Un enemigo que piensa de forma diferente, que no cree en los valores de la democracia. ¿Cómo puedes controlarlo? ".

Sobre la retirada de las tropas españolas de Irak, no puede evitar una mueca de disgusto. "Hombre ", acentúa el deje andaluz, "duele porque eran nuestros compadres, los que entraron con nosotros. Pero no puedo juzgar a España, es la decisión de cada país. Fue una lástima pero lo respeto ", dice mirando a su esposa. Ambos viven en un piso aledaño a la sede de Microsoft, pero su hogar sigue en California. Allí, en una casa ajardinada, está uno de los pasatiempos del general: cuidar de sus rosales. "Son rosas Mr. Lincoln, típicas de Estados Unidos ". En ese mismo lugar crecieron los dos hijos de la pareja, que ahora viven lejos: Christopher es instructor militar en Brasil y Virginia se dedica al marketing en San Francisco.

Cristobal Cortez

Hijos del General Cortez, Christopher y Virginia

Para las fotos, el general nos lleva a uno de sus lugares favoritos en Washington: el monumento que simboliza la conquista de la isla Iwo Jima en Japón por parte de los marines. Desde allí, se divisa una ciudad perlada y erizada de monumentos y edificios tan familiares como inaccesibles: la Casa Blanca, el Congreso, el Pentágono y el Lincoln Memorial.

"Me entregué a la Marina. Me gustó el programa y me apoyaban para estudiar. Mientras iba a la universidad recibía un entrenamiento durísimo: saltar obstáculos, subir por sogas, cargar morrales pesados, hacer pruebas de tiro… El fuerte pasa, el débil, no. Más de la mitad abandona el programa en las primeras semanas. Llegar a ser un infante de Marina es muy difícil. Y quienes lo consiguen lo son para siempre. Si veo en una camisa o en un llavero el símbolo de la Marina —un mundo con un águila y un ancla— sé que es un infante y lo trato como si fuese mi hermano ", explica el General con una afilada capacidad de convencimiento.

"Tenía que aprobar los entrenamientos y los estudios. Mi sueño era ir a la universidad. La educación abre puertas y sin educación hay menos puertas que tocar ", añade. Cortez se licenció en Español y Bellas Artes. Mientras sacaba músculo, leía a Cervantes, Machado, Lorca...

Cristobal Cortez

Familia al completo en la celebración anual del aniversario

de la Infantería de Marina en California, 1997

Frente a él, el dramático monolito de bronce de los marines en Iwo Jima. La fotógrafa despliega su equipo mientras Leigh le pide a Cortez que sonría. Éste arquea las comisuras como si abriese unas compuertas oxidadas. "Relax, honey ", le reclama ella.

Se conocieron en la base de Camp Lejeune, cerca de Washington. Él se había graduado como teniente. Ella comenzaba a trabajar como profesora de niños. Meses después viajarían a Vacaville para ser presentada a la familia Cortez. "¡Quería tener el visto bueno de la mamá! Fue como entrar en otro mundo ", sonríe Leigh. Luego vendrían las clases de cocina de rigor: tortilla, paella, gazpacho...

Del Pentágono a Microsoft Madrid, 1970. Los ojos de Cortez querían devorar todas las imágenes, rincones y acentos que encontraba en la calle. Era el viaje anhelado durante toda su vida, estaba entre los suyos, quería preguntarles mil cosas, invitarles a una caña pero la gente le miraba como a un bicho raro. "Me llamaban gringo, además no les gustaba mucho que fuera militar. ¿Qué era entonces? ¿Estadounidense o español? Aquí soy diferente pero allá también ", comenta Cortez antes de que le tomen una foto con la ciudad de fondo. El mismo malestar sintieron sus hermanos mayores, cuatro de los niños que viajaban aferrados a las piernas de su madre Dolores cuando cruzaron Estados Unidos en tren. "Fue muy difícil para ellos. No sabían inglés y en la escuela se burlaban porque eran diferentes. Para mí fue más fácil. Fui el primero que nació aquí. Tenía la ventaja de salir a un mundo donde se hablaba inglés y de regresar a otro donde se hablaba español. Y podía moverme en los dos ", señala Cortez.

Cristobal Cortez

Cortez corriendo la marató de la Infantería de Marina en

Washington , en 1992, fue uno de los primeros en llegar

En su primer viaje a España tuvo una segunda y definitiva oportunidad de intimar con los suyos. Después de atravesar Andalucía se encontró en el centro de Tahal, el paraíso de sus sueños de niño. Ya no había yeguas en las calles pero sí miradas puntillosas y murmullos que hablaban de un yanqui en el pueblo. Esa era la señal que esperaba su familia: "¡Es Cristóbal, el hijo de Juan! ". "¡Fue maravilloso! Un encuentro esperado durante años. "Nos abrazamos ", sonríe Cortez mientras enseña unas fotos con sus tíos y primos almerienses, que suele visitar una vez al año. En ellas el general luce una sonrisa pletórica y unas camisas floreadas que podrían hacer juego con las playas de Miami.

Mientras nos alejamos del monumento de Iwo Jima pasamos cerca del Pentágono. "Yo trabajaba ahí. Antes del 11-S era fácil entrar y salir, ahora no. Recuerdo que nos decían que si queríamos ver nuestro futuro sólo teníamos que mirar por la ventana ", susurra. La blancura inmaculada de Washington engaña, también es la blancura de un gran mausoleo: Arlington, Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam... En cada rincón hay nombres de muertos.

Desde el coche, Cortez observa el desfile de lápidas del cementerio de Arlington. Unos días antes el Juez del Tribunal de Apelaciones de Florida, Emiliano Salcines (de origen asturiano), conocedor de la trayectoria de Cortez, me contaba que, al comienzo de la actual guerra en Irak, el general le pidió que lo acompañara a visitar a una familia peruana en Tampa. "El hijo había muerto en combate y él quería darle el pésame personalmente a la madre. Para mí fue una sorpresa ver que todo un general hiciera algo así. Yo vi cómo trataba de consolar a esa madre que no paraba de llorar ", narraba el magistrado. Esa familia podría haber sido la de Cortez. Las primeras líneas de fuego, las que reciben las primeras balas y las primeras condolencias, suelen estár formadas por jóvenes hispanos. En las Fuerzas Armadas de Estados Unidos hay 1.600.000 soldados, de los cuales unos 224.000 son de origen hispano. Hasta ahora, y según algunas organizaciones independientes, han muerto en Irak cerca de 460 de ellos. Muchos van a la guerra convencidos, otros lo ven como una puerta para mejorar su futuro, para estudiar.

Cristobal Cortez

El general Cortez con el reportero Dan Rather en Arabia Saudí,

antes de la primera Guerra del Golfo, en 1991

"Este país no se puede permitir no tener Fuerzas Armadas. ¿Y cómo las vamos a crear? ¿Reclutándolos, como se hacía antes, o voluntariamente? Los jóvenes pueden decidir entregarse o no a su país. Vamos a pagarles, a darles becas, a brindarles salud para su familia. Vamos a hacerlo atractivo para que se queden. Ahora bien, no podemos garantizar que no les vaya a pasar nada. Son jóvenes que tienen que tomar decisiones de vida o muerte ", comenta el general con gesto severo. Su último cargo en la Marina fue el de comandante general de reclutamiento en todo el país para la Infantería de Marina. En dos años logró convencer a más de 80.000 jóvenes para que se alistaran. Sin proponérselo, se había convertido en el marine que llama a tu puerta.

Nos detenemos en el Lincoln Memorial. La tarde azul y despejada contrasta con las escalinatas repletas de turistas con camisas en las que se lee: "Kentucky, The best place in the world ". "Oklahoma, The best place in the world ". El general sube las escalinatas mientras algunos veteranos de guerra lo miran como si reconocieran el calibre de la zancada. No es la primera vez que lo reconocen. En los múltiples países que ha trabajado como instructor, desde Japón hasta Panamá, ha sentido la admiración, el recelo y el odio que despierta un militar estadounidense.

"Es como la imagen que se tiene de Estados Unidos. La gente tiene una idea que ha leído o que le han contado pero no conoce este país en su totalidad. No sólo hay que ver al soldado cuando dispara, hay que verlo cuando está tratando de salvar a un bebé o cuando le está dando de comer a alguien.

Espigado y recto, Cortez posa para la cámara como si fuera una más de las columnas herméticas y marmóreas del monumento. Un helicóptero amarillo sobrevuela el lugar. "Es el presidente. Acaba de salir de la Casa Blanca ", comenta Leigh mientras los turistas apuntan sus cámaras al cielo.

"No me gusta la política, es una batalla de palabras y de intereses que no es la mía. No me adhiero a ningún partido, siempre me fijo en el individuo y si me gusta lo apoyo ", señala un Cortez de pronto taciturno, diluido entre los ciudadanos que ha protegido durante décadas. Anochece en Washington y las siluetas de los edificios blancos adquieren un resplandor eléctrico. El general mira por una ventana de la camioneta la cima de ese sueño que se trazó desde niño en Vacaville. "Recuerdo una vez que estaba recogiendo nueces con mi padre. Me dijo que mi madre tenía cáncer y que no sabían qué iba a pasar con ella. Quedé conmocionado, ese momento me cambió. Pensé que tenía que hacer algo con mi vida que tuviera valor, que tenía que hacer el máximo esfuerzo ", comenta ya en su oficina mientras aprieta sus manos. "Llamemos a mi madre ", sugiere.

—Hola mamá, es Chris, dice el general con los altavoces encendidos.

—Hola Cristóbal. ¿Qué tal todo por allá?, comenta la mujer con voz temblorosa desde Vacaville, desde la misma casa adosada en la que crecieron sus siete hijos.

Cortez le pregunta por sus recuerdos.

—Todos los días me acuerdo de España. Desde que llegamos seguimos las mismas costumbres, la comida, los dulces de Navidad... Es muy difícil ser extranjero. Ahora que no está tu padre es más difícil pero hay que seguir. Y del ejército ni hablar, nos poníamos muy nerviosos viendo las cosas que pasaban en la tele.

— Pero, ¿sabes qué, Cristóbal? Hoy estoy muy contenta ". Me han llevado a un mall nuevo para el lunch. Tenían una sopa buenísima. Y luego fuimos al sitio aquel donde pasean los viejos. Yeah! que me lo he pasado muy bien.

Fin de la conversación. Cortez sonríe.

Cristobal Cortez

TECNO-GENERAL Cortez frente a los enormes

servidores que albergan las oficinas de Microsoft

A pesar de las condecoraciones, de los altos cargos, el general mantiene una llaneza casi campechana. "Fue uno de los regalos de mis padres. He llegado a un nivel alto pero, ¿qué significa eso? Un general de dos estrellas no vale más que un sargento valiente ", comenta mientras busca un archivo en el Zune. En una pared se ve una foto de un portaviones inundada de dedicatorias de soldados. "Gracias, general. Cuando complete la colección de los Gipsy Kings espero que me recomiende otros artistas ", se lee en una de ellas. "¡Aquí está! ", señala Cortez mientras pincha una canción de guitarras aladas: "Yo soy la noche, tú el día. Yo soy la sed, tú agua pura. Ay, llévame, llévame el compás, de este ritmo que me gusta bailar ". "Gipsy Kings, me encantan. Es como el ritmo que hay que llevar en la vida, seguir adelante sueño tras sueño a pesar de los problemas ", comenta mientras le canta a su esposa: "Yo era un hombre que cantaba, tú, una mujer que bailaba. Ay, llévame, llévame el compás ". Es tarde y no queda nadie en los pasillos de la multinacional. Las guitarras vuelan sin dificultad.

Texto publicado en la Revista Vanity Fair en Diciembre de 2008

JUANJO ROBLEDO relata la historia de este hijo de emigrantes almerienses

Fotos de KATE ORNE