

ALMERÍA - ALEMANIA
“Al final me volví...”, dice Antonio Rico Montoya. “Mi mujer me lo pedía, me decía que los niños se acordaban mucho de mí. Y aquí la cosa ya había cambiado mucho, ella había ahorrado, había trabajillos, teníamos unas tierrillas, la uva valía...”. Reflexiona unos momentos. “Ahora ya no vale nada, he tenido que arrancar las parras, y los naranjos van por el mismo camino”.

Antonio Rico Montoya junto a su esposa, Antonia Cirera Ibáñez,
en la actualidad, frente a su casa llena de flores en Terque
Antonio recuerda sus años de emigrantes sentado en una fresca habitación de su casa de Terque, la misma donde nació, hace 79 años, el quinto de siete hermanos, de los que ya sólo quedan tres. “Ahora los jóvenes se van a Almería, ya no encuentras a nadie en las vegas...”, dice, y mueve la cabeza.
Antonio trabajó la uva toda la vida. Su padre era agricultor, y toda su familia. Estudiaba en la escuela de chiquillo, y tocaba el bajo en la banda del pueblo, compuesta por unos 40 músicos y con mucha fama por toda la zona.
La primera vez que salió del pueblo fue en 1951, a la mili en Pamplona. Le tocó Ingenieros, “pero era hacer guardias e instrucción”, ríe ahora. Luego lo pasaron a la parte de Huesca, y era el que tocaba la corneta, con un instrumento “que no valía nada, se la salía el aire por los agujeros. Yo los tapaba con jabón o esparadrapo para tocar la diana”.
Volvió al pueblo, a la tierra, con los padres, se casó con Antonia Cirera Ibáñez, y tuvo cuatro hijos, dos hembras y dos varones. Pero la cosa estaba mala, con una crisis atroz. Había que irse “a ganar un dinerillo. En aquellos años estaba abierto para todos los que se quisieran ir”. Bastaba con ir a apuntarse en una oficina del Paseo de Almería, por la Plaza Circular.

Antonio con amigos españoles, también emigrantes,
ante una oficina de correos alemana, 1964
Cuando fue, Antonio tenía 30 años. El trabajo que le ofrecieron fue en Alemania, en unas minas de mineral “plomo, zinc...”, recuerda, “metidos en unas montañas por un pueblo con un nombre muy raro”. A pesar de haber pasado aquí el examen médico, a poco de llegar a Alemania le detectaron en otro reconocimiento que estaba un poco mal de los pulmones. No podía estar abajo, en la mina, y le dieron trabajo arriba, en la fábrica, aunque ganando menos.
Cuando cumplió el contrato, a los 15 meses, le dieron todos los papeles y quedó libre para ir a donde quisiera en Alemania a buscar trabajo. Se fue para Essen, a una empresa de construcción que operaba a nivel nacional. Vivían en unos barracones de madera con ruedas. Cuando terminaban en el pueblo o la capital donde estuvieran, venían los camiones, enganchaban, y a otra. “Estuvimos en cuarenta mil sitios”, dice. “Bonn, Hannover..., toda Alemania”.
Antonio junto a un amigo
“Hacía mucho frío, el invierno era muy malo”, recuerda. “Desde abril, tres meses de llover y había que seguir trabajando. Se ganaba el doble, pero también se trabajaba el doble. Se ganaba dinerillo, yo le mandaba a mi mujer 1.500 pesetas al mes, y ella fue ahorrando”.
“Aprendí mucho, me manejaba con el idioma”, dice. “Yo, la verdad, no tengo quejas de los alemanes, siempre se han llevado muy bien conmigo. Otros hablaban mal, pero yo había ido a trabajar, y en eso no había problemas”.
A Antonio le gustan mucho los carnavales, disfrazarse y todo, y los españoles siempre lo venían a buscar los fines de semana. “Pero divertirme, poco. Del trabajo a la casa”.
A los cuatro años, volvió al pueblo. Luego, durante once años, se iba a la vendimia en Francia, pero ya eso era sólo un mes.
Las oficinas de reclutamiento de trabajadores estaban en el Paseo de Almería, y de los pueblos bajaban los jóvenes, y los no tan jóvenes, a apuntarse y pasar los exámenes médicos. Hombres todos, las mujeres quedaban en los pueblos, con la mezcla de esperanza y dolor en sus entrañas que los que marchaban, al cabo, rumbo a alguna fábrica de algún país de Europa central.
Aunque hubo españoles que emigraron a Alemania por cuenta propia, España, como otros países del sur de Europa, había firmado en 1960 un convenio con este país para que, a través de contratos de trabajo gestionados por el Instituto Español de la Emigración, se permitiera emigrar a más de medio millón de españoles hasta 1973. Eran los años del ‘milagro económico alemán’, y, al contrario que en España, había falta de mano de obra masculina como resultado de la guerra.
Los emigrantes procedían básicamente de Andalucía (el 50%), Galicia y Extremadura, y se distribuyeron en las industrias metalúrgicas y químicas, de papel y textil, en el sector servicios y en la construcción. Sus remesas sanearon las economías de sus familias y localidades, y el 80 por ciento regresó a España unos años después.

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