

ALMERÍA - BARCELONA
Antonio Muñoz Carmona se afana en la trastienda del bar, ayudando a su hijo, llamado también Antonio, y al principio es reticente a hablar de su vida. “No tiene interés, hombre”, dice. “¿A quién le puede interesar?. Con lo que yo he pasado en la vida...”. Pero al rato accede a contarnos su historia como emigrante en la Barcelona de los años 50 del siglo pasado.

Antonio Muñoz Carmona con su hijo, Antonio, en el bar Muñoz, en Alhama. Lo pusieron al volver de Barcelona, en los años 80, en una parte del pueblo en la que sólo había, en aquellos años, una hilera de casas. Hoy hay todo un nuevo barrio a su alrededor, con parques e infraestructruras.
Antonio nació en Alhama, el menor de seis hermanos, en 1936, el año en que comenzó la guerra, y esto marcó su vida. Su familia había subido a Canjáyar y puesto una panadería en la plaza del pueblo. Les iba bien, con mucho trabajo, pero su padre era de la UGT, y cuando estalló el conflicto, lo metieron en la cárcel.
Cuando salió, la familia volvió para Alhama, pero al poco tiempo su padre murió. “Yo creo que le afectó mucho todo lo que pasó en aquellos tiempos”, dice Antonio, moviendo la cabeza y mirando como a lo lejos, recordando. Fueron tiempos duros. “A los ocho o nueve años ya yo estaba en un cortijo de una tía abuela, ayudando en todo lo que podía”, recuerda.“Como casi todos los niños de aquella época, sólo pude estudiar las cuatro reglas y poco más. Yo siempre digo y sostengo que la posguerra fue peor que el frente”.

Antonio, en sus años en Barcelona, arreglando un coche con varios amigos.
Imágenes llenas de recuerdos de su juventud que guarda con mimo.
Se trabajaba en lo que se podía, pero las posibilidades eran escasas , el futuro se veía muy cerrado en los pueblos, y los jóvenes emigraban en cuanto tenían una oportunidad, y a donde les salía algo. En 1950, con sólo 14 años, Antonio tomó el camino a Barcelona, con una hermana, Isabel, que aún vive allá. “Ya estaba allí un hermano mayor nuestro, y nos iba llamando a los demás cuando había trabajo”, recuerda.
Antonio estuvo primero de aprendiz en una cerrajería; luego, también de aprendiz en un taller de artes gráficas. A los 18 años se sacó el carné de Segunda y se fue con un tío suyo a hacer chapuzas. Más tarde, cuando fue mayor, se sacó el carné de Primera y comenzó a trabajar en la empresa Muebles F. Soler.
Vivía en el barrio de Verdún, en una Barcelona que tampoco brindaba mucho confort a los inmigrantes que llegaban a buscarse la vida, pero, al menos, ofrecía trabajo y posibilidades de futuro. “Llegar a Barcelona en aquella época era casi igual que llegar al desierto de Tabernas”, dice. “Estaba muy descuidada, y muy poco poblada. Realmente, es una ciudad que ha cambiado mucho”.
Allí estuvo 34 años en total, aunque durante un tiempo estuvo en Suiza. “Mi hermano se fue, y al poco tiempo lo seguí, pero en un chequeo médico me quisieron sacar sangre, y me entró una cosa rara con que me sacaran sangre fuera de España. No sé, dije que no quería, y volví”, cuenta.
En unas vacaciones vino de visita a Alhama y conoció a María Martínez Carmona, una muchacha del pueblo. Comenzaron de novios y con el tiempo se casaron y se fueron a Barcelona. Allí les nacieron dos hijos, un varón, Antonio, y una niña, Manuela, que ahora es abogada en Vera.
En 1984, en Barcelona entró una crisis que puso difícil la vida en la ciudad, y se vinieron a Alhama. “Esto tampoco estaba muy bien”, dice Antonio. “Realmente, era un desastre, pero bueno, era nuestra tierra”. Él venía con el paro, y además les dieron ayuda familiar.
Con el tiempo, su esposa puso el bar Muñoz en un lugar del pueblo donde había sólo una fila de casas pequeñas y ahora se ha construido todo un barrio nuevo, con parques e infraestructuras. Es uno de los más asentados de Alhama, mientras hablamos, en una tranquila mañana de sol con un poco de ‘rasca’ en las calles, no cesa un ir y venir de clientes que vienen a echar un rato, un café o un vino, a conversar o leer la prensa.
Su hijo, Antonio, vino a Alhama con 14 años, la misma edad con que él se había ido. Dice que no le fue difícil dejar la ciudad y venirse al pueblo, pues sabía que, de todas formas, allá tampoco las cosas estaban bien. “Además, yo venía todos los años, conocía el pueblo, tenía mis amigos... No fue irme a un lugar desconocido, me adapté enseguida, aquí me siento bien”, dice.
¿Y echa de menos Barcelona?, le pregunto al padre. Sonríe y se queda un rato reflexionando, valorando.“Hombre”, dice al cabo, “allí me tiré mi juventud... No sé, tengo muchos recuerdos de allá, fueron muchos años, muchas historias vividas...”. Casi media vida, una historia, otra, de ida y vuelta.

contacto@lawebdelemigrante.com
© 2009 'La web del emigrante'. Todos los derechos reservados